Guatemala: rompiendo el silencio

abril 5, 2010

Entre 1960 y 1996, tiempo que duró el conflicto armado interno en Guatemala, se estima que más de 5000 mujeres fueron abusadas sexualmente, el 80% de las cuales eran indígenas, originarias principalmente de Quiché, Huehuetenango y Las Verapaces, los departamentos donde se registró un mayor número de masacres y operaciones de tierra arrasada.

Siguiendo con las estadísticas, el Informe de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, “Memoria del Silencio”, indica que, si bien también se dieron algunos casos en la guerrilla, en un 89% fue el Ejército, apoyado por el Estado, el principal ente responsable de estos delitos.

Sandino Asturias, Director del Centro de Estudios de Guatemala (CEG) y Perito en Estrategia Militar, explica que estos actos formaron parte de una política de contrainsurgencia integrada nacida de la Guerra Fría, donde la lucha anticomunista y el desarrollo de la doctrina de “Seguridad Nacional” fueron los elementos protagonistas de un proceso en el que, escudándose tras la supuesta existencia de un “enemigo interno al que había que combatir”, el Gobierno guatemalteco, la oligarquía, el Ejército y los Estados Unidos de América aprobaron, planificaron e implementaron en el país, de manera sistemática y premeditada, estrategias de terror para la consecución de sus fines, entre ellas, la agresión sexual.

En un contexto de pugna por el poder y de dominación del otro, añade, la violación fue utilizada como arma de guerra que afectó específicamente a las mujeres y cuyo objetivo fue exterminar cualquier tipo de resistencia, voluntad de transformación u otra forma de oposición protagonizada por las comunidades indígenas mayas en contra del régimen establecido.

Los expertos en temas psicosociales y los distintos estudios e intervenciones realizados con mujeres sobrevivientes, coinciden con esta idea al evidenciar que la violencia sexual revistió múltiples formas, desde la desnudez obligada a la esclavitud sexual, y fue, junto con la desaparición forzada, uno de los métodos de tortura más desestructurantes para las víctimas y su entorno, debido a las graves secuelas físicas y psicológicas que se derivan de ella. Enfermedades de transmisión sexual, esterilidad y otras lesiones, embarazos no deseados, sentimientos permanentes de culpa, miedo, frustración y vergüenza, la estigmatización social.

“El fin último de estas acciones – comenta Jeannette Asencio, especialista en relaciones de género – fue paralizar a la población para destruir a un grupo, pues torturando el cuerpo de las mujeres, también se torturaba el cuerpo social, se atacaba a la identidad, a la cultura y a la sociedad de la que éstas formaban parte”.

La violación sexual, junto con la desaparición forzada, fue una de las armas de guerra más desestructurantes para la mujer y su entorno.

Link para leer el reportaje completo:

http://periodismohumano.com/mujer/rompiendo-el-silencio.html



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