Jardines místicos virreinales, exposición analiza significado en pinturas religiosas

El tema del huerto, comúnmente presente en las pinturas religiosas virreinales es analizado en la exposición Jardines Místicos donde se abordan sus diferentes significados, ya sea como paraíso eterno o como espacio que alude al desposorio de las monjas con Cristo. La muestra se está presentando en el Museo de Arte Religioso Santa Mónica, ex-convento, Puebla, México,  donde permanecerá hasta el 30 de junio 2013.

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Teresa Sosa

Estos espacios abordados en el arte plástico virreinal  tienen diferentes significados. Una de las representaciones comunes de tales espacios en la pintura novohispana es el Jardín del Edén, que simboliza la felicidad perfecta, un momento en que el hombre aún no había pecado, el sitio donde empieza la historia de la humanidad y su relación con Dios. El regreso al jardín, es el retorno a la felicidad y a la perfección, lo cual se espera al final de los tiempos.Cristo entrando al Jardín del Edén con una doncella_ Museo Santa Mónica_anónimo_

En la muestra destaca una de las pinturas por su gran formato (2.69 y 4.98 m) y por su técnica, ya que está pintada en dos tablas que se pliegan. Dicha característica y su iconografía sugieren que quizá la obra estuvo en el coro del Templo de Santa Inés, Puebla, por tratarse de un espacio ceremonial vinculado y separado simultáneamente del templo a partir de la apertura y clausura de los velos.

En este óleo sobre tela del siglo XVIII se representa a Cristo entrando al jardín con una doncella (simboliza el alma del fiel), con la que más adelante reaparece en otra escena intercambiando coronas de flores como muestra de su amor.

Además de otros íconos alusivos al huerto, también  se exponen en Puebla dos libros de los siglos XVII y XVIII titulados El huerto celeste al esposo y La Regla que han de guardar las religiosas de los conventos de Santa Catalina de Sena y Santa Inés.

En el primero se comparan los monasterios con los jardines celestiales, y a las religiosas se les reconoce como esposas de Cristo, cuya unión “casta y pura” se da al momento en que reciben sus votos y su velo negro.

El jardín: una metáfora

En los huertos presentes en las  pinturas religiosas, libros y un grabado de la exposición, aparece el uso de esos jardines como espacios simbólicos de unión con la divinidad y de felicidad perfecta.

La historiadora del arte religioso mexicano, Patricia Díaz Cayeros, encargada de realizar la investigación y la propuesta curatorial de esta muestra,  abrió la exposición.  Patricia Díaz Cayeros dijo que la muestra gira en torno al jardín, “un tema fundamental para el arte religioso, del que llama la atención que no se haya trabajado más, pues el jardín es una alegoría, una metáfora de la unión mística de una monja con Cristo”.

La experta señaló que el jardín es un concepto por lo que es necesario agotar la riqueza de la obra en su literalidad, en su programa iconográfico, en saber que son lugares de encuentro para el misterio de la fe. Acotó que en el caso de las piezas que presenta el museo, dos de ellas son “maravillosas”, ya que tienen al jardín como personaje protagónico, en cuyo interior se vinculan personajes como Cristo o Adán y Eva. Las obras son de autores desconocidos.

“La muestra debe leerse como un espacio de meditación, de pluralidad de sentidos. La exposición propone que para entrar a estos jardines se debe hacer en un sentido espiritual o místico, por ello la utilidad que sigue siendo la exegesis bíblica”, dijo Díaz Cayeros.

 En el caso del óleo Alegoría de la sangre de Cristo o Cristo dentro del huerto cerrado, también de autor desconocido y del siglo XVIII, dijo que “los espectadores estamos afuera del jardín y Cristo es el acceso, un cuerpo vivo”.

En dicho óleo de gran formato, continúo la historiadora del arte, se devela la importancia del jardín en el arte cristiano, aludiendo a textos fundadores y a la Biblia, así como a las interpretaciones que se han hecho, de maneras diversas, sobre ella: el que la Pascua inicia en un jardín, en que Cristo se presenta en un jardín y resucita en otro.

Mientras que en el caso de la pintura Alegoría al dulcísimo esposo o Cantar de los cantares, Patricia Díaz explicó que se presenta a “la bienamada con un jardín cerrado junto una fuente sellada, al cual los amantes se invitan a pasar, algo que la exegesis cristiana –en un sentido alegórico– refiere al amor de Cristo por su iglesia y al jardín como signo de la virginidad, cerrada y pulcra, de la monja”.

 “El jardín es el alma del fiel que se abre al amor divino. Es la clausura y remite al sentido de interioridad; la fuente es el agua viva que nutre y cura; en ese interior habita Homo interior, la experiencia mística, el desposorio místico”.

 También se muestra un tercer cuadro (de 1.65 y 1.30 m) sobre un desposorio místico, ello para reforzar la idea de que la misma temática se representa en un fragmento de la Alegoría del Dulcísimo Esposo. “Aunque esta pintura del siglo XVIII carece de jardín, muestra también a una pareja tomándose de las manos como símbolo de su unión; se trata de Cristo con sus llagas expuestas ofreciendo su corazón a una doncella con corona de flores que simboliza el alma”, describió Patricia Díaz.

La historiadora notó que aparecen pintados algunos corderos, los cuales refieren a las novicias y las monjas, ya que era un programa de ejecución para el convento de monjas dominicas del convento de Santa Inés en Puebla.

Ahondó en que dicho programa tiene correspondencia con el libro de la religiosa española Constanza Ossorio, Huerto del celestial esposo fundado sobre el opúsculo de N.P.S. Bernardo, el cual también se incluye en la exposición. En dicho texto, fechado en 1686, se hace referencia a la aparición de los corderos, ya que fue una convención para representar a las monjas que tenían velo negro, ya que es un atributo de Santa Inés.

 “La pintura está unida por una bisagra, y en una primera hipótesis lleva a pensar que era una especie de velo, que se podía mover y doblar en momentos puntuales, que se hallaba en el coro, en un espacio con el que se abría sin violentar la clausura”.

Díaz Cayeros refirió que en un libro hallado en la colección del Museo de Santa Mónica sobre las reglas de las monjas de Santa Inés, refiere en su capítulo ocho a la forma en que las religiosas participaban, desde el coro, a distancia y detrás de veladuras, de las misas en el convento.

“Uno de los aspectos fundamentales del misterio es no ver; un concepto del arte religioso y la vida cristiana era que las imágenes se cubrían con velos o con pinturas que cubrían dichos objetos con la misma función. Así es este óleo, que se convierte en una de las joyas del museo”, finalizó.

 FUENTE: Textos diversos e imágenes Internet.

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