Filósofas marginadas

En la tradición genealógica patriarcal, históricamente, el pensamiento y la filosofía de las mujeres se ha invisibilizado. Marginar su pensamiento, segregarlas, no citarlas fue una manera de no reconocerlas. Esto sucedió desde los comienzos de la filosofía. Bucear en la genealogía histórica de la filosofía es una manera de recuperar estas figuras que estuvieron ocultas para que aparezcan sus nombres olvidados.

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Una de las pasiones de Silvia Magnavacca (doctora en filosofía, profesora titular regular de Filosofía Medieval en la Universidad de Buenos Aires e investigadora del Conicet) es reconstruir ese pasado de los mundos medievales en el que las mujeres se veían rodeadas de un contexto bien difícil que les impedía pensar y donde tuvieron que ingeniárselas para –a pesar de las resistencias imperantes– poder estudiar. Como punto de partida señala que no es que no hayan existido mujeres filósofas; es que los filósofos han preferido olvidarlas, aunque quizá después se hayan apropiado de sus ideas.

Por su parte, María Luisa Femenías –también doctora en filosofía y titular de la cátedra de Antropología Filosófica en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata– subraya que “una primera dificultad es rescatar del anonimato a las filósofas. Esto implica suponer que las hubo y comenzar a trabajar en consecuencia en archivos de todo tipo. Porque en principio no contamos aún con una genealogía más o menos completa de filósofas como sí contamos con una (o varias) genealogías de filósofos”.

A Femenías no se le escapa la oportunidad para abordar el tema del aborto: “Históricamente, San Agustín y Tomás de Aquino, por ejemplo, ponen el origen de la persona en el tercer mes de embarazo. Lo importante en relación con el aborto es el derecho a decidir. Hay sectores del catolicismo que defienden eso. Yo creo que no se le puede menguar su propia cualidad de persona a una mujer adulta, decidiendo por ella. Hay que permitirle que decida según su situación vital, que es irrepetible. Hay que dar este debate en la sociedad, abrir el juego a una discusión libre, abierta, donde cada mujer, cada pareja, pueda decidir según cada caso. Es un tema que la sociedad merece discutir con más altura”.

Osadas, antiguas y medievales

Femenías dice que: “Las fuentes tienden a transmitir sólo los nombres considerados ‘excepcionales’, o en relación con sus maridos, órdenes religiosas o escuelas. Rara vez, hasta la modernidad, se tiene un panorama amplio de los intereses y de las obras completas de las mujeres de modo ‘individuado’. Aporta que los primeros nombres de filósofas están vinculados a las Pitagóricas. Ellas son Themistoclea o Theano (siglo VI a. C.).

Magnavacca da cuenta de los contextos en los que pensaban las mujeres medievales: “Dado que la Iglesia monopolizó la vida intelectual, el convento era uno de esos contextos. La vida monacal era la única posibilidad que durante muchos siglos –diría que hasta el XII– tenían las mujeres inclinadas al pensamiento. Es el caso típico de Eloísa y de las Abadesas Rosvita, del siglo X, e Hildegarda de Bingen, del XII, quien creó un nuevo tipo de lenguaje filosófico y hasta científico. “Es sorprendente que, en la búsqueda del equilibrio, ella se extienda sobre las diferencias entre la sexualidad femenina y masculina y sus respectivos tipos de placer”, continúa Magnavacca. Ella dice, por ejemplo, “que el amor físico de un hombre es semejante a un incendio; el de la mujer, al calor parejo que viene del sol”.

“Otro contexto es el de la corte de los reinos florecientes en los tres últimos siglos medievales. En ese horizonte, las mujeres, algunas de ellas más bien, usufructuaron una posición privilegiada de sus respectivas familias para acceder a elementos fundamentales de la cultura, como el uso de las bibliotecas, el contacto con viajeros, la conversación con interlocutores de óptimo nivel intelectual, como Christine de Pizan, muy estudiada últimamente.  El tercer contexto es el de la universidad, ámbito que, lamentablemente, les fue el más hostil, desde el momento en que, desde su creación, todos los estudios estaban orientados hacia la Facultad de Teología, en manos de la Iglesia”.

Dos innovadoras

Magnavacca  rescata a dos de las más innovadoras mujeres filósofas: “Margarita Porete, autora de El espejo de las almas simples, obra en francés que proponía una concepción antropológica diferente y, por tanto, también una espiritualidad diversa de la vigente. Lo crucial es que osó predicar en público doctrinas heréticas. Esto hizo que la condenaran a muerte en 1310.

Christine de Pizan fue la primera filósofa que vivió de su trabajo;  quien, viuda muy joven, debió mantener a sus hijos valiéndose de la cultura que su padre, un hombre inteligente y valeroso, le había procurado contra las costumbres de la época. Por eso, pudo ganarse la vida en la corte francesa de Carlos V, escribiendo biografías, copiando obras de Aristóteles y convirtiéndose, a través de su scriptorium, en la primera mujer editora que conocemos. “Ese bagaje cultural  le permitió elaborar una de las también primeras obras de defensa filosófica de la mujer, La ciudad de las damas, donde tres personajes también femeninos, la Razón, la Rectitud y la Justicia, invitan a construir una fortaleza para combatir los prejuicios y promover la igualdad de dignidad hombre-mujer.”

Parece ser que en la Universidad de Bologna, dos mujeres se atrevieron a dar clase, precisamente de lo que hoy llamaríamos Filosofía del Derecho y hasta de Derecho Canónico. Fueron Bettisia Gozzadini y Novella D’Andrea, siglos XIII y XIV, respectivamente. “La leyenda –porque no nos han llegado obras de ellas– dice que daban clase cubiertas con un velo o aun detrás de un telón. Nos ha costado mucho salir de detrás del telón… Y mucho tenemos que agradecer a las medievales”, dice Magnavacca.

 FUENTE: Laura Rosso. Suplemento “Las 12”,  Página 12, Argentina.

NOTA: Resumen. Fue editado el texto original para su publicación en Palabra de Mujer

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