Escritura Misticista de Monjas en Clausura Siglos XVII y XVIII: Madre Francisca Josefa de Castillo y Guevara, una de las creadoras

Los conventos coloniales en América hispana fueron el refugio de mujeres con capacidades intelectuales y autonomía, escritoras muchas de ellas, que se vieron restringidas a esos lugares a causa de las condiciones de hostilidad de un entorno misógino. Algunas de esas religiosas, entre ellas la colombiana Francisca Josefa de Castillo y Guevara, cuya escritura misticisca ha pasado a la historia, tuvieron visiones y experiencias místicas que dejan al descubierto elementos de lo femenino reprimido por la cultura latinoamericana de los siglos XVII y XVIII.

Teresa Sosa

La autobiografía de la Madre Castillo “Su Vida”,forma parte de una genealogía de textos iniciada en la Edad Media por las Visiones de Hildegarda de Bingen; la Vida de Santa Isabel de Schonau; las Revelaciones de Santa Gertrudis y Santa Brígida de Suecia y de las monjas dominicas Margarita y Cristina Ebner; la Autobiografía de Catalina de Siena y de las “Cartas” y el “Diálogo” de Ángela de Foligno; de las latinoamericanas Antonia Lucía del Espíritu Santo (1646-1709) del Perú;  las mexicanas Mariana de la Encarnación (1571-1657), la Venerable María Magdalena (1576-1636), María de San José (1656-1719), María Anna Agueda de San Ignacio (1695-1756) y la neogranadina Jerónima Nava y Saavedra (1669-1727).

El discurso de estas monjas escritoras es amoroso al dirigirse a Dios, un objeto extraordinario, ideal, desmedido, al cual la autora se acerca de manera gradual: vía purgativa, iluminativa y unitiva; esto hace pensar que ese amor conlleva un desgarramiento violento para la amante que se aliena de manera dramática a la vez que goza; por eso la Madre Castillo dice, “Por algunos tiempos me siento a mí misma como figura de mujer hecha de paja, sin que sienta, ni sepa, ni pueda nada”. La autobiografía de la Madre Castillo es un túnel doloroso, un Vía Crucis que se inspira en Cristo que va camino de la muerte, cuyas aflicciones: “eran penas que Dios quería que pasara, y que Su Divina Majestad había padecido tanto, y decía aquello de sí mismo, y que era nada lo que yo padecía, a vista del mar de su pasión”.

Escribir por obediencia

Se dice que fue en 1713 cuando el Padre Diego de Tapia le ordenó a Francisca Josefa de Castillo y Guevara (Tunja 1671-1742) que escribiera su autobiografía, tarea que la religiosa habría comenzado desde tiempo atrás. El texto es la manifestación de una cultura católica, de procedencia oral, filtrada por el sueño y la visión y, en especial, por las palabras de confesores y predicadores; estas palabras vertidas a la escritura con recursos, metáforas tienen el propósito de develar, enmascarar y autorrepresentar los infortunios y los encuentros con Dios de una monja en el encierro, en función de la moral práctica y el comportamiento, de la verdad y de la simulación, que es producto de esa práctica social legitimada que esconde una poética de lo no-dicho en un molde pautado, que sólo enuncia aquello que puede y debe  ser leído, por lo que se hace necesario fracturar ese silencio.

Siendo de esa manera, la autobiografía de Francisca Josefa y Guevara, muestra tres elementos claves para leer la obra: obediencia y sumisión al confesor, el intenso sufrimiento de su autora, y la memoria, que es el punto de partida para desenredar la cadena de recuerdos, deshilvanados, que la constituyen, en una narración en primera persona que enuncia tímidamente una subjetividad femenina, se ajusta a la literatura conventual, a la hagiografía, al discurso místico y está atada a las políticas de la Contrarreforma y el barroco que guiaron el proyecto de colonización de América.

La Inquisición Española

Creada por los Reyes Católicos en 1478, fue decisiva para el afianzamiento de ese proyecto imperial y represivo que tuvo su centro en las ciudades, produjo cambios en la estructura psíquica de los habitantes de la península y de los territorios de ultramar y, en consecuencia, transformó las relaciones entre los sexos y las nociones de feminidad y masculinidad. La intención del Imperio español de dominar y ejercer un control absoluto se basó en los rangos y la verticalidad. Esta estructura pasó a América, donde el nuevo orden político, cultural y económico, promovía valores que suprimían la sexualidad. No es casual que los códigos de honor y del celibato –de los cuales está llena la literatura del Siglo de Oro y del barroco hispanoamericano– subrayen el peligro de relacionarse eróticamente con las mujeres.

Así, las mujeres sólo fueron miradas de manera positiva en tanto asumieran roles de sumisión, silencio, anonimato y dependencia que tienen su más idealizada representación social en la Virgen María, la maternidad virginal alude a un orden social que, a la vez que anula el cuerpo femenino, prescribe la pureza como modelo ético de feminidad. Esa construcción patriarcal de la virgo intacta evoca la imagen del himen de la cual surge una noción de feminidad ligada al hermetismo; ésta genera otras modalidades de la hermeticidad que regulan no sólo lo moral, sino actividades íntimas ligadas al cuerpo y a la identidad femenina como el comer, el vestir y la expresión en el lenguaje. La escritura de la Madre Castillo da cuenta de ese hermetismo o “secreto” ligado a lo corporal y, sobre todo, a la sexualidad.

De lo material a lo eterno

En la sociedad colonial, al igual que en la medieval, había cuatro subestados para las mujeres: doncella, casada, viuda y monja según su estado civil o su vinculación con la vida religiosa; en esa jerarquía las religiosas ocupaban una posición social superior a la de la soltera, y equiparable a la de casada. Los claustros estaban habitados por vírgenes contemplativas cuya función era orar, lo cual los convertía en espacios sagrados y puentes entre la vida terrena y la del más allá, deseables para mujeres como Francisca Josefa de Castillo, hija de Francisco Ventura de Castillo y Toledo, “tronco español de una de las familias que más se distinguieron en la época colonial”.    En una cultura cimentada en la idea de que lo femenino estaba devaluado y se consideraba pecaminoso, las monjas, cuyo estado supone una negación de la sexualidad, eran las únicas mujeres que adquirían el privilegio de lidiar con asuntos espirituales e intelectuales.

En tiempos de Francisca, el Monasterio de Santa Clara la Real, en Tunja, contaba con más de cien religiosas de velo negro  cuyos cuerpos y conductas fueron, sin duda, moldeadas por los retablos, la ornamentación, la pintura y la imaginería de ese claustro, que transportaba la mente de la observadora de lo material a lo eterno. El óleo sobre madera con la imagen de la “Virgen del topo” que estuvo en la celda de Francisca Josefa; el Cristo, de madera tallada, policromado y de gran tamaño que sirvió de inspiración a los Afectos espirituales, ésta y otras imágenes fueron eficaces a la hora de escribir sobre la represión o la expresión del yo en forma femenina abrazado por la fe. En la iglesia de Santa Clara, había otras pinturas que, al igual que las que adornaban el convento, facilitaron las creaciones visionarias y la escritura de la religiosa. Despúes, meditaciones (condenación eterna, la vida de Cristo, los evangelios), lecturas de la vida de los santos, después, cantar oraciones que propiciaran el acercamiento del alma a Dios, posteriormente, la persona era instruida para tener coloquios con Cristo, la Virgen y Dios Padre. Todo el proceso debía ser vigilado por el director espiritual al igual que la lectura de la Biblia pues parte de  su traduccón fue condenada por la Inquisición.

FUENTE:  ROBLEDO, Angela  Inés (2007) Madre Francisca Josefa de la Concepción de Castillo.Su Vida. Prólogo. Fundación Biblioteca Ayacucho. Ministerio del Poder Popular para la Cultura. Caracas.

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