Biografía de la reina Isabel II de España recibe máximo galardón de la Academia

España: el  Premio Nacional de Historia para Isabel Burdiel

La historiadora Isabel Burdiel ha ganado el 22 de noviembre por unanimidad el Premio Nacional de Historia de España por “Isabel II. Una biografía (1830-1904)”. Edit. Taurus. Madrid, 2010. 944 páginas. La Catedrática de Historia Contemporánea en la Universidad de Valencia dijo a la prensa: “A Isabel II se le ha atribuido siempre mucha responsabilidad en lo que estaba pasando en el país y yo he querido ver la que tenían quienes ‘fabricaron’ al personaje”.

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Octavio Ruiz-Manjón

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid

No es fácil hacer la biografía de una mujer que fue reina de España durante treinta y cinco años y que aún viviría otros treinta y cinco más en el exilio parisino. Su figura ocupa el tercio central del siglo XIX español y, para bien o para mal, su actuación resultaría decisiva en la conformación de lo que fue la España contemporánea. La verdad es que, durante muchos años, ha sido mayoría casi absoluta la de los que opinaron que fue para mal.

El comportamiento personal escandaloso, por ser mujer, de Isabel II de España que fue conocido por sus contemporáneos, desprestigiaría su figura, así como a la institución monárquica.

Lo que se podía disculpar o, incluso, comprender en un varón resultaba completamente inaceptable en una mujer. Hay que reconocer que la diferencia de raseros tampoco carecía de una cierta lógica política porque las consecuencias del comportamiento de la Reina podían afectar a un elemento esencial de la Monarquía, como es el de la legitimidad dinástica, mientras que los escarceos de los varones solían quedar sepultados en el ámbito de la bastardía

Pero los ataques y las acusaciones contra la Reina fueron feroces, como se demostró en un torpe libro realizado por los hermanos Bécquer de cuyas ilustraciones se podría haber prescindido en el álbum de fotos que cierra el libro porque, al fin y al cabo, se trata de pura pornografía, llena de injusticias y de groserías. No hacía falta referirse a ellos para documentar una extensa historiografía unánimemente crítica hacia la persona y hacia la reina. Sólo Pérez Galdós se dejó ganar por aquella reina a la que presentó como “la de los tristes destinos”: Ambos se entrevistaron en París en 1902 y el novelista canario se dejó ganar por la campechanía de la ex soberana.

La ardua tarea de Isabel Burdiel

Pero la reina estaba ya juzgada y, en el año 2004, cuando se cumplió el centenario de su muerte afloraron las reticencias contra la idea de realizar cualquier conmemoración que pudiera sugerir complacencia con el personaje. Ni siquiera se consiguió que la exposición que se realizó entonces, con un trabajo de coordinación espléndido por parte de Carlos Dardé, fuera acogida en un edificio directamente relacionado con la Casa Real, ni que tampoco suscitara la atención de ningún miembro de la primera familia del país.

No ocurrió lo mismo con el gremio de los historiadores académico y fue la propia Isabel Burdiel, que ya llevaba realizada una excelente tarea de muchos años en el estudio de aquel reinado, la que realizó un impresionante acercamiento biográfico en el que movilizó la apasionante documentación de los papeles de la madre de Isabel II, la Reina Gobernadora María Cristina, que se conservan en el Archivo Histórico Nacional de Madrid.

También ofreció importantísimas aportaciones documentales procedentes del Archivo del Palacio Real y de la Academia de la Historia. Con tan rico y variado material ofreció entonces una biografía de la reina que se prolongaba hasta comienzos de los años cincuenta que fueron los de la minoría de la reina y, concluida ésta, los de la gran época de gobierno de los moderados.

Fueron estos años de extraordinaria importancia en la construcción y, aunque no gocen de la completa simpatía de la biógrafa, los moderados realizaron la gran tarea de dar consistencia a la revolución liberal y de asentar el nuevo estado que surgió de ella. La biografía que Isabel Burdiel nos ofreció hace seis años ha sido reelaborada en los cinco primeros capítulos de la obra que se nos ofrece ahora, con una completa biografía de Isabel II durante los años de su reinado, hasta 1868.

Lo que aparece nuevo son los años correspondientes a la revolución progresista de 1854 y los intentos que la siguieron, para intentar construir un primer régimen de convivencia política en España. No deja de ser significativo que aquella coyuntura revolucionaria fuera también el momento de aparición en la escena política de Antonio Cánovas y de Práxedes Mateo Sagasta, los dos campeones del régimen de convivencia que se intentaría en 1875 con la restauración de la casa de Borbón en la persona de Alfonso XII.

Los intentos renovadores de mediados de los cincuenta darían paso, a partir de 1858, del periodo final del reinado, que Isabel Burdiel describa con la imagen de “los pasos perdidos de la Monarquía isabelina”. Una larga década que contempla el agotamiento de la Unión Liberal de Leopoldo O’Donnell y, después, la lenta descomposición del sistema, en el que los enfrentamientos entre los dirigentes políticos contribuirían a dejar patente el desprestigio de la reina.

Isabel II, que había confesado a Pérez Galdós, en aquella postrera entrevista de 1902, que muchas veces le habían obligado a “andar palpando las paredes” para moverse en el escenario político español se vería de nuevo, a finales de su reinado, en un laberinto del que no sabría salir hasta que la revolución de septiembre de 1868 le empujó hasta la frontera de Irún y le obligaría a buscar refugio en París.

 Allí acabaría su reinado y ahí acaba la biografía que ahora nos ofrece Isabel Burdiel. Una biografía de una reina que fue mujer. Quedarán para otra ocasión los muchos años de una mujer que fue reina, consumidos en el exilio parisino. Unos años que la autora resuelve en un epílogo en el que se encierra, probablemente, un mundo de frustraciones y de mudos reproches.

Las circunstancias le obligarían, en los años inmediatos, a abdicar de sus derechos en la persona del príncipe Alfonso y, más adelante, a poner la causa monárquica en las manos de Antonio Cánovas del Castillo. Desde París contemplaría la restauración de la Casa de Borbón en España en la persona de su hijo Alfonso pero, como advierte Isabel Burdiel, la ex-Reina de España se convirtió en una apestada política a la que sólo se le permitió volver a pisar suelo español en contadas ocasiones.

Y, cuando ella murió, su nieto Alfonso XIII se negó a interrumpir el viaje que estaba realizando a Cataluña y se mantuvo al margen del traslado de los restos de su abuela. Tan sólo Pérez Galdós, desde las páginas del diario madrileño El Liberal, pareció encontrar palabras comprensivas para la reina que acababa de hacer mutis de la escena política.

Con este nuevo volumen, que debe ser considerado como uno de los grandes libros de historia del año que acaba, Isabel Burdiel ha completado la obra de recuperación del personaje, que le ha venido ocupando en los últimos años. Y con su sensibilidad de historiadora y su nervio narrativo, nos ha devuelto una Isabel II mucho más comprensible, mucho más cercana, y muy alejada de caricaturas distorsionadoras y llenas de bajezas que aún circulan por muchos libros de supuesta historia.La muerte de la reina, en la Prensa 

La muerte de la reina, en la Prensa francesa

Burdiel presenta, en la introducción de este libro, las reacciones de la Prensa gala tras la muerte en París de Isabel II: “En manos de aquellos cronistas de ocasión […], la historia de la vieja dama de la avenida Kléber sonaba lejana y exótica, ligeramente disparatada y bárbara. […] Todos los tópicos y las verdades acerca de la España decimonónica encontraron camino en los periódicos: la intransigencia religiosa, la falta de educación de un pueblo embrutecido, la ambición de sus generales y de sus políticos, el cainismo español, los pronunciamientos […] y las revoluciones. Le Figaro escribió: ‘La sabíamos víctima de sus malos consejeros más que de sus propios errores y ha habido siempre una cierta injusticia en hacerla culpable de lo que no era más que una consecuencia de la organización política de aquel país’. Le Constitutionnel, dando ejemplo a los demás, la describía finalmente como ‘una gran dama que fue 35 años huésped de París’”.

 


 

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