Asesinada Ana Fabricia Córdoba, lideresa de los pueblos desplazados en Medellín

Se destacó como lideresa de la comunidad y denunció varios crímenes, además de demandar la restitución de tierras

A  Ana Fabricia la mataron por no callar, por no querer resignarse a su suerte de desplazada ni a esa indigencia a que la sometió el Estado colombiano, por no acoplarse indignamente a la mentira que su verdad desnudó, aquella que pregona que en Colombia sus buenas gentes ya no corren peligro porque un gran salvador, instalado ocho años en el poder, trajo consigo las bondades de un país sin conflicto armado.

El pasado 7 de junio Ana Fabricia Córdoba se subió al autobús que la llevaría hasta su casa en la comuna nororiental de Medellín, lugar de favelas o invasiones, como se denominan en Colombia las laderas de las ciudades habitadas por miles de personas que ni siquiera cuentan para las estadísticas de la pobreza.

Eran las diez y media de una mañana soleada. Ana Fabricia, de 51 años y negra como la tierra que hubo de abandonar hace años, tomó asiento;  instantes después, un hombre que se subió con ella en la misma parada le pegó un tiro en la cabeza que hizo estallar la ventana en mil pedazos. Acto seguido se apeó del autobús sin problemas.

El chófer dice que sólo se percató cuando oyó ruido de cristales rotos porque la bala que atravesó el cráneo de Ana Fabricia salió desde el frío hierro con silenciador. Mientras, el cuerpo de esta líder de desplazados de la provincia de Antioquia, yacía inerte, dejando yerma su causa,  como el territorio que ella abonó sin descanso para que germinara por fin una semilla, al menos una, de la verdad, justicia y reparación para las víctimas.

La diáspora brutal

Una noche en la que las llamas asaltaron el descanso que en el campo trae consigo la oscuridad, Ana Fabricia salió despavorida de su tierra, con sus cinco hijos, porque los paramilitares de extrema derecha le asesinaron a su esposo y le dejaron claro que si a la mañana siguiente había algún indicio de vida humana en su parcela, el plomo se encargaría de borrarla.

Viuda, desharrapada y hambrienta, llegó a un municipio del Urabá, provincia de Antioquia, de donde en 2001 le tocó huir otra noche hacia Medellín, la gran ciudad, porque los asesinos de la extrema derecha en connivencia con el ejército, algunos políticos y una que otra multinacional, amenazaron con matar a sus hijos al negarse a  venderles la tierra que años atrás ellos mismo la habían obligado a abandonarla: “No está en venta”, dijo con voz firme. “No, porque es la tierra de mis hijos”.

En Medellín también tuvo que desplazarse al menos nueve veces, tugurio, tras tugurio. Y en los últimos meses se desplazaba cada noche de casa en casa para proteger a su familia porque lo usual, lo normal, es que maten a los amenazados en sus casas mientras duermen. Allí también los victimarios le desaparecieron forzosamente a un hijo y le violaron a una hija. En 2010 la policía, según sus denuncias, torturó y asesinó a otro de sus hijos: “A mí también me van a matar, pero yo no puedo callar porque lo que quiero es justicia; no tengo miedo…  ¿Qué es lo que hecho? ¿Por qué persiguen así a una mujer indefensa?”, decía hace unos meses ante las cámaras de una televisión local.

El 7 de junio de 2011 los asesinos cumplieron su sentencia..  Sus tres hijos que quedaron vivos ya han denunciado que tras el crimen de su madre, recibieron amenazas de muerte. Iguales amenazas han tenido que escuchar sus compañeras de lucha.

La historia de Ana Fabricia

Viuda, víctima de muchas violencias y abandonada, perseguida y repudiada por políticos y autoridades colombianas, su historia  es la misma de sus abuelos y padres, la de su primer esposo y la de sus hijos; también  la  de 5.2 millones de desplazados que en 25 años ha dejado la guerra en Colombia: generaciones completas de víctimas que son revictimizadas y vueltas a victimizar, desprotegidas por un Estado que le gusta presumir de ser la democracia más antigua de América Latina pero que tras la propaganda internacional esconde las más aterradoras cifras y realidades de todo el subcontinente.

.Esta mujer de 51 años, con sus mejillas húmedas por las lágrimas y con su piel negra, orgullosamente negra y curtida por el dolor, tuvo el coraje que le hace falta a los que allí matan sin piedad: gritar muy alto, empleando su valor como altavoz,  que todos los asesinos de cuatro generaciones de su familia son antiguos y nuevos narcoterratenientes que, escondidos en los llamados grupos paramilitares, comparten manteles con miembros de la policía, de las fuerzas militares, de los servicios secretos, de partidos políticos, de representantes de grades empresas locales e internacionales, de bandas de narcotraficantes y de altos miembros del Estado.

“Para conseguir nuestros derechos se nos van a caer miles de hombres en el camino; tenemos que ser fuertes. Seguiremos en la esclavitud si no ponemos de nosotros mismos”, decía ella en todas las reuniones a las que asistía como líder de los barrios de invasión de Medellín, atestados de miles de desterrados, negros, indígenas, mestizos y blancos

Allí las mujeres,  que en Colombia representan el 60% de los 5.2 millones de desplazados, se han unido para que no les desparezcan o maten a sus hijos y para que el Estado les devuelva sus tierras arrancadas a punta de fuego, machete y motosierra, armas que han empleado los paramilitares en connivencia con la fuerza pública,  para desmembrar en vida los cuerpos de hombres, mujeres y niños.

Esta miembro de la Ruta Pacífica de Mujeres, en sus encuentros con autoridades de la ciudad, de la provincia, del Gobierno nacional y de organismos internacionales como la ONU, denunció la sentencia de muerte que pesa sobre la vida de los desplazados y sus familias: “Lo más doloroso de este destierro es que las madres sin empleo, sin con qué garantizar la salud de sus hijos, ni siquiera la escuela ni tan solo la comida del día, se ven obligadas a madrugar a las cuatro de la mañana para ir la central de abastos [gran comercializadora de alimentos para toda la ciudad de Medellín] a implorar que les regalen una yuca, una papa  o un plátano, que les sobre o que vayan a tirar a la basura,  para poder hacer una sopa para sus hijos”.

Mentira el proceso de paz

En Colombia, según la mentira que se pasea por el mundo y que es recibida con honores por los Jefes de Estado y de Gobierno, durante ocho años no hubo conflicto armado y por tanto no hubo víctimas. La mentira instalada en Colombia llevó a que miles de asesinos, responsables de crueles matanzas y que echaron de sus tierras a millones de personas, se acogieran a un mentiroso proceso de paz, para pagar, en solo algunos casos, leves penas en cárceles. Tal es la mentira, que miles de criminales de esas agrupaciones ahora integran nuevos grupos paramilitares.

A  Ana Fabricia la mataron 3 días antes de promulgar casi con pregón de fiesta, la famosa ‘Ley de víctimas y restitución de tierras’. Ley que, por supuesto, no fue consultada a las víctimas. les acompañan en sus exigencias del derecho al territorio. Esta ley, conocida como ‘Ley de Víctimas’, no contempla medidas eficaces para la protección de las personas que luchan para un regreso en condiciones dignas a sus tierras.

Ban Ki-moon, Secretario General de la ONU, invitado especial el pasado 10 de junio a Bogotá, para la presentación mundial de la famosa ley, también pidió medidas efectivas que garanticen la vida de todas las víctimas y de quienes las representan. Todas las ONG de derechos humanos de Colombia, además de condenar el hecho, se han retirado de la mesa de diálogo con el vicepresidente Angelino Garzón, a raíz del asesinato de Ana Fabricia. Exigen que de una vez por todas, los representantes del gobierno dejen de condenar con golpes de pecho los asesinatos de los defensores de derechos humanos y comiencen ya a proteger sus vidas

Con su fuerte voz

Desenmascaró a un país que convirtió a millones de campesinos en un ejército de mendigos desparramados por toda Colombia, cuando en sus parcelas vivían dignamente de pequeños cultivos y de la cría de animales

NOTA: El contenido de la nota que hoy publicamos proviene de periodismohumano.com., artículo de  Olga Gayón: La Mentira de Colombia asesina la verdad de Ana Fabricia. De cuyo texto hicimos una síntesis apretada, por razones de espacio, y  editamos para su publicación en Palabra de Mujer impreso.

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