Luisa Muraro: ‘Lo sé porque soy’ (Lo so perché lo sono)*

Por:  Gladys Parentelli (Traducción)

Primum vivere es un lema que aparece en el título del primero de los diez puntos del Manifiesto del trabajo (Sottosopra, octubre 2009) y después aquí y allá en el texto, como un grito de batalla que, de tanto en tanto, estalla ¿Contra qué? ¿Por qué?

 La polémica principal es en el cotejo con la economía que prefiere las propias construcciones a escuchar a las personas en carne y hueso.

 ¿Pero podemos ignorar las competencias de los economistas y los conocimientos especializados en general? El Manifiesto del trabajo con ese primum vivere, dice algo más preciso: nos llama a sustraer a las construcciones de la economía y de los saberes especializados en general, la competencia primaria que es nuestra como seres humanos vivientes, mujeres y varones.

Cuando, por cualquier razón, nos ponemos a hacer discursos o teorías sobre la vida y sobre el vivir, no olvidemos que en este tema somos todos competentes, varones y mujeres, obviamente las mujeres más que los varones, pero, de cualquier modo, todos, porque somos seres vivientes. No quiere decir que lo sabemos en teoría de modo de poder hacer discursos irrefutables, y, desgraciadamente, a menudo tampoco en la práctica, tanto que a menudo nos sucede de hacernos mal o de hacerlo a otros sin quererlo. Pero igual lo sabemos, lo sabemos porque somos. Somos seres vivientes y el mal como el bien del vivir lo sentimos en primera persona.

Saber algo, no por demostraciones o por dicho y juzgado por otros, sino porque lo vivimos, se llama experiencia en sentido fuerte; la palabra de hecho tiene mas significados, pero en el fondo de todos se puede vislumbrar el enlazar juntos saber y ser; lo sé porque soy.

No hay contenidos en este saber, él de hecho tiene la naturaleza de una luz que ilumina a lo que se le acerca, más vivamente cuanto más cercana. Es este el secreto de la práctica de partir de sí; consiste en ir a un lado de las construcciones en vigor, aunque válidas y respetables, para ponerse a la luz de aquel punto o lugar de coincidencia, entre aquella que soy y aquello que sé. Quizá solo esta práctica, difícil pero fecunda, tiene la firmeza para dar jaque al juego y a los bellos discursos que seducen, engañan. El lugar de la coincidencia, se descubre normalmente, no es el de mi yo, más bien sucede que este sea desplazado.

Relato un hecho. Hace años, en una asamblea de la autorreforma de la Universidad de Verona, un barón de medicina, hombre pleno de buena voluntad, fue invitado a argumentar sobre la Universidad, no en general y en abstracto como tendía a hacerlo, sino a partir de sí. A lo que protestó ¿Qué me están pidiendo? ¡Yo me esfuerzo siempre de no hablar de mí! Nos reímos y comenzamos a hablar del narcisismo masculino. Era claro que aquel hombre, si hubiera salido de las instancias generales de un problema o de un saber, habría entrado sin alternativa en un extenso páramo habitado por su ego. O así le parecía que habría sucedido y, precisamente, por ello no lo quería.

 La nuestra es una civilización empapada de especializaciones. Y la especialización, lo he constatado muchas veces en el mundo académico, cuando uno, una, la asume como su hábito, produce recelo y casi desprecio hacia los mas simples procedimientos de la investigación, hasta ignorar aquel núcleo de luz que se irradia en las palabras cuando están cercanas a la inefable relación con el ser.

Por ello, encuentro muy justa la respuesta, sorprendente y simple, dada en el Manifiesto a la enorme interrogante de cómo emprender aquel cambio de civilización que es el primum vivere. Es posible a condición que siempre llevemos más varones a actuar en la cotidianidad de la vida: comenzarán a ver las cosas diferentemente, prosigue el texto, y a comprender a las mujeres. Un cambio de experiencia para un cambio de civilización.

*Publicado en Via Dogana, N° 94, Set. 2010, p. 4.Traducción publicada en: Mujer Pública, La Paz, Bolivia, Feb. 2011, N° 4, p. 115  

 

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