Revista Mujer Salud Nº 2/2010. Aborto: La demanda más castigada

El imaginario colectivo que predomina en la mayoría de los países de América Latina y el Caribe en relación al aborto inducido es que esta práctica es un crimen y, por ende, viola las normas sociales y morales vigentes. A partir de ello, las mujeres que abortan siempre serán criminales que necesitan recibir una sanción, tanto penal como social.

La condición de ilegalidad del aborto, la tradicional postura de las iglesias, la renuencia de los medios de comunicación a profundizar en sus causales, la negativa de los Estados a involucrarse, la dificultad de los políticos para asumir los costos políticos que un tema de esta índole conlleva, son todos factores que determinan que el aborto no esté nunca incorporado a las agendas o debates públicos salvo para condenarlo.

Entonces, no se trata de que haya solo silencio al respecto, sino que lo se habla y discute siempre partirá de la premisa que el aborto es un delito. Entonces, han sido los discursos públicos ideologizados –religiosos, culturales, mediáticos, políticos, simbólicos, demográficos, sanitarios– los que se han encargado de instalar, moldear y reforzar el imaginario sobre el aborto como sinónimo de crimen odioso. Así como también de los derechos de las mujeres que deben estar supeditados a los derechos del embrión/feto (reconocido en su calidad de persona).

Esta falsa dicotomía –criminal/inocente, a favor o en contra, vida/muerte– ha impedido avanzar en el reconocimiento de la realidad compleja del aborto inducido, de su multicausalidad, y además ha obstaculizado a las mujeres que en algún momento han abortado o se aprestan a hacerlo por razones diversas, que puedan asumir su decisión como un ejercicio de derechos sobre su corporalidad, sobre su reproducción, en definitiva, sobre sus vidas.

Por el contrario, a menudo abortan atenazadas por la culpa, la condena social, y por el temor a ser encarceladas o sucumbir en abortos clandestinos e insalubres. Por el contrario, cuando el procedimiento es legal, seguro y realizado en un ambiente acogedor y humanizado, la mujer experimenta sobre todo alivio y tranquilidad.

Es significativo, sin embargo, el hecho de que el aborto inducido es una realidad cotidiana que atraviesa a todos los países, a todas las comunidades y afecta a las mujeres ya sea en cuerpo propio o en el cuerpo de hermanas, amigas, hijas, madres. Desde esta perspectiva, ha estado presente en todas las épocas y regiones, de tal forma que hoy se calcula que ocurren todos los años 41.6 millones de abortos inducidos.

Es importante constatar que en aquellos países donde el aborto está penalizado severamente, las mujeres continúan interrumpiendo sus embarazos con riesgo de sus vidas, con temor a la denuncia y con miedo a ir a la cárcel, lo que pone en evidencia que las leyes punitivas son fracasos legislativos pues no se acatan ni se respetan ni logran cambiar conductas. Es decir, las mujeres que deciden abortan lo más probable es que lo hagan de todas formas, incluso en contextos de alta penalización.

Link para descargar la revista:

http://www.reddesalud.org/recursos/rec1.php?id=25

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