Kate Millett: una de las más importantes pensadoras feministas desechada por la academia

¿Somos las mujeres incapaces de honrar nuestra propia historia?

Por:  Kate Millett (*)

Otra temporada en la granja, no tan mala, pero no la mejor. No puedo pasar todo el día leyendo, así que escribo, o intento hacerlo. Ejercicio inútil. Mis libros están fuera de impresión, aún Política Sexual, y el manuscrito acerca de mi madre no puede encontrar una editorial.

Intento también conseguir un empleo. Al principio las voces académicas fueron amables y abrieron sus puertas imaginando que soy rica y hago esto por diversión. Con un ligero tono de culpa me ofrecen mi nuevo sueldo de esclava: U$S 3,000 al año. ¡Pero yo no podría vivir con eso!, reclamo. «Nadie podría», sonríen desde sus puestos de U$S 50-80,000. Una plaza docente real parece ser imposible ahora, y no sólo en mi caso. Tengo amistades con doctorados ganando tan poco como U$S 12,000 al año, viviendo una intrincada existencia corriendo en automóvil por cinco escuelas diferentes y en el límite económico. Estoy muy vieja para eso y debo ganar mejor. «¡Oh, el presupuesto!», musitan, «realmente no tenemos fondos, a pesar de lo mucho que nos gustaría tenerla con nosotros».

«¿Seguramente estoy calificada como académica acreditada con años de experiencia docente y un doctorado con honores de Columbia y Oxford First, ocho libros publicados?», pregunto. Ellos me llamarán…. Pero nunca lo hacen.

Empiezo a preguntarme ¿en qué estoy mal? ¿Estoy demasiado fuera de línea o demasiado vieja? Tengo 63 años. O, ¿soy la vieja ante la nueva escuela feminista? O, ¿es algo peor? ¿He sido denunciada o desacreditada? ¿Por quién? ¿Qué pasa? ¡Mis modales!…, Dios sabe que soy lo suficientemente amable con esta gente. ¿Mi feminismo me ha hecho abrasiva?

No puedo conseguir empleo. No puedo ganar dinero. Excepto vendiendo árboles de Navidad, uno por uno. No puedo enseñar y no tengo nada más que ser granjera. Y cuando físicamente ya no pueda, ¿qué haré entonces? Nada de lo que escribo ahora tiene prospecto de verse impreso. De todos mis supuestos logros, no tengo ninguna habilidad vendible.

Da miedo ese futuro. Cuando se acaben mis ahorros, ¿qué pobreza habrá por delante, qué mortificaciones? ¿Por qué imaginé que sería diferente, que mis libros me darían algún magro ingreso, o que al menos podría dar clases en el momento en el cual casi todas las demás docentes se retiran?

Desde mi libertad de escritora y artista he servido todos estos largos años. Sin salario, he logrado sobrevivir con lo poco que acostumbro, y hasta guardar un poquito, para invertir en una granja y convertirla en una colonia de mujeres. Los ahorros pueden durar unos siete años. Así que en siete años debo morirme. Pero probablemente no será así, las mujeres en mi familia viven para siempre. Tanto como me cansa la vida sin propósito o sin trabajo significativo que la haga soportable, no puedo morirme porque en el momento en que lo haga, mi escultura, dibujos, negativos y serigrafías serán tiradas al basurero.

The Feminist Press, el otoño pasado, me ofreció quinientos dólares por reimprimir Política Sexual. No sólo les tomó 12 meses hacer la oferta sino que tampoco podían hacerlo antes del año 2000, ya que necesitaban encargar uno o dos prefacios de lujo escritos por académicas en estudios de la mujer, más jóvenes, más maravillosas. Mi agente y yo nos sentimos felices de rehusar su oferta. Subieron la oferta a mil dólares.

Aunque el libro está siendo celebrado en una antología de los 10 libros más importantes que la casa Doubleday ha publicado en sus 100 años de existencia, los poderes de esta editorial se rehusan también a imprimirlo. Una joven editora de Doubleday le dio a entender a mi agente que el trabajo teórico feminista más reciente y «en el clima actual», de alguna manera había convertido a mi libro en obsoleto. Estoy fuera de moda en la nueva industria de las casitas académicas del feminismo.

Recientemente un libro preguntaba: ¿Quién se robó al feminismo? Yo no fui. Ni fue Ti-Grace Atkinson. Ni Jill Johnston. Todas estamos fuera de impresión. Nosotras no hemos podido construir lo suficiente para crear una comunidad o seguridad. Algunas mujeres en esa generación desaparecieron para luchar su destino solas en el olvido. Otras, como lo hizo Shula Firestone, desaparecieron en los asilos y aún no regresan para contarlo. Hubo tristezas que sólo pueden terminar con la muerte: María del Drago escogió el suicidio, también lo hizo Ellen Frankfurt, y Elizabeth Fischer, fundadora de Aphra, el primer periódico literario feminista.

Elizabeth y yo solíamos encontrarnos en las tardes en un cómodo y antiguo café hippy en Greenwich Village. Allí, en público para evitar los peligros de la privacía suicida en casa, escribió algunos de los pasajes más densos de The Loony Bin Trip. Ella terminó el libro que fue el trabajo de su vida. Probablemente no estaba teniendo la recepción que ella esperaba en el ya saturado nuevo mercado de textos de estudios de la mujer, escritos por repentinas especialistas en este campo. Elizabeth y yo, junto a un «desayuno de tarde» conversábamos disfrazando cuidadosamente nuestras miserias. Las feministas no se quejaban entre sí entonces, cada una imaginaba que la soledad y sensación de fracaso era única. Los grupos de auto-conciencia ya no existían. Una no tenía colegas: Nueva York no es un lugar cálido.

Elizabeth está muerta ahora y yo debo vivir para contar la historia, esperando decirle a otra generación algo que quisiera que sepan sobre la larga lucha de la liberación de la mujer, algo acerca de la historia de Estados Unidos y la censura. Quizás pueda también tener la esperanza de explicar que el cambio social no llega fácil, que las pioneras pagan un precio alto y una soledad innecesaria por aquello que sus sucesoras toman por hecho. ¿Por qué las mujeres parecen particularmente incapaces de observar y honrar su propia historia? ¿Qué vergüenza secreta nos hacen tan obtusas? Ahora tenemos una laguna entre la comprensión de una generación y la siguiente, y hemos perdido mucho de nuestro sentido de continuidad y camaradería.

Pero también he pasado 40 años como una artista, habituada al filo existencial y aun conforme proclamo que todo está perdido, estoy planeando un regreso… imaginando una sinecura en derechos humanos para la extrema tercera edad, ediciones de las colecciones de mis trabajos y gloria final.

Justo la semana pasada, después de una cena y una buena obra de teatro, soñando despierta sumaba las rentas de la granja y veía la manera de hacer arreglos: el techo viejo, pintar las construcciones… Empacando mis sumas, extasiada porque finalmente pagué mis tarjetas de crédito, garabateando a las tres de la mañana que plantaré rosas otra vez, último gesto de éxito. Habré ganado después de todo. Vivir bien es la mejor venganza.

Mis ahorros analizados a la luz de la magia aritmética computarizada en un programa que tiene el The Elder, más la porquería de rata de mi seguro social sellan mi determinación. Al parecer, podría estar liberada de las humillaciones de buscar un empleo regular, de la obediencia institucional, de la discreción o reglamentación. Parece que, con una existencia mínima de supervivencia, puedo permanecer libre y bohemia, una artista-escritora ocupada y libre de empleo remunerado. Libre al fin -esperando vivir realmente cerca del suelo.

*Esta versión se tomó de The Guardian, Londres, junio, 1988.
Traducción para T.J. de Amparo Jiménez.

Fuente:

http://www.jornada.unam.mx/1999/02/01/kate-millet.htm

Fotografías:

http://aliciapuleo.blogspot.com/2010/03/kate-millett-en-madrid-las-mujeres.html


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