Algunas reflexiones sobre sexodiversidad

El artículo de hoy plantea cómo las estructuras socio-construidas actúan para tratar de sujetar, controlar, suprimir a la sexodiversidad, con mecanismos que son variados y difieren según los casos. Tamara Adrián sostiene que estos mecanismos responden a una lógica inmanente común que consiste en crear un orden basado en la perpetuación del poder androcéntrico, heteronormado.

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Escrito por: Tamara Adrián

El hombre -detentador del poder- debe asumir toda una serie de características y prebendas conferidas por ordenamientos legales, religiosos, políticos y psicológicos; por tanto, se insiste en que se deben suprimir, eliminar, controlar, todas aquellas actuaciones que tiendan -por cualquier forma- a cuestionar ese poder hegemónico.

Por lo tanto, el hombre que opta por relaciones homosexoafectivas, acompañadas o no por  exteriorizaciones de género discordantes con las estereotipadamente exigibles, es sancionado a través de la exclusión del poder -discriminación- por cuestionar  la heteronormatividad de origen falocéntrico.

Dentro de este modelo de ordenación existen ‘cualidades’ que, debería tener el hombre -es decir, ser humano de sexo masculino de comportamiento macho- para poder ser detentador de tal poder; que son confrontadas con aquellas que serían ‘desviaciones’ del modelo hegemónico, es decir, anti-cualidades propias de los no-detentadores del poder. Las ‘cualidades’ son básicamente de naturaleza instintivo-animal y poco o nada tienen que ver con los valores propios de la humanidad.

La invisibilidad lésbica

A menudo se afirma que las mujeres lesbianas son invisibles a la sociedad, inclusive cuando están abiertamente fuera del closet. Su opción homosexoafectiva queda invisibilizada, confrontada con su desempeño como mujer en un mundo patriarcal

Esta invisibilidad, nos lleva hoy, a  tener que reflexionar un poco sobre sus causas, particularmente porque es diferente a lo que ocurre en el caso de los gays. En el caso de la mujer lesbiana las consecuencias son diferentes, pues agravan su situación  como mujer, de no-detentadora del poder en el ámbito de la lógica patriarcal. La mujer, ‘per se’, en aplicación de los ordenamientos legales, religiosos, sociales y políticos tradicionales, no debería formar parte del círculo de poder -y todas las estructuras estereotipadas de género buscan esta finalidad de exclusión-.

Pero, si además, la mujer se aparta del círculo de sujeción al poder del hombre, al decidir establecer relaciones sexoafectivas con otras mujeres, la sanción consiste en la invisibilización y la exclusión de cualquier posible acceso al círculo de poder, aún en el ámbito del tradicionalmente poder femenino.

Pero esta exclusión no tiene lugar por medio de la segregación, como en el caso de la homosexoafectividad masculina, sino por medio de la negación de la existencia misma de la realidad lésbica.

De allí la diferencia en cuanto al tratamiento social de la homosexoafectividad masculina y femenina; socialmente la masculina constituye una realidad potencial concebible como un deseo no-permisible de libertad y sancionado por la negación activa por los mecanismos de burla, exclusión y segregación; en tanto que la homosexoafectividad femenina se constituye en una no-potencialidad, es decir, en un comportamiento no-concebible, por ende, sancionado por una negación pasiva a través de la invisibilidad.

Sanción para las “transgresiones”

También en la condición de transexualidad, transgenerismo, travestismo, intersexualidad,  los mecanismos de sujeción, supresión y control socio-construidos, las tenazas heteronormativas se ponen en marcha. Para suprimir estos comportamientos, y en aquellos casos en los que no se puedan suprimir, para excluir-segregar a las personas que los adoptan de todas las estructuras sociales, convirtiéndolas en parias en sus propios países, regiones y ciudades.

En efecto, la sanción para aquellas personas que “insistan” en incurrir en la violación de los estereotipos de género se manifiesta en una exclusión de todas las áreas de actuación social ordinariamente admisibles para todo ser humano: estudio, trabajo, relaciones sociales, etc., hasta el punto de que la situación jurídica de estas personas no difiere en casi nada de la de los inmigrantes indocumentados y de la de los refugiados y desplazados no institucionalizados.

De allí que el nivel educativo de estas personas sea, aún en los países más desarrollados y con mayor grado de protección relativa a la sexodiversidad,  generalmente muy inferior al promedio de la población del país respectivo.

En las condiciones antes destacadas, los mecanismos heteronormativos de supresión-sujeción se ejercen en unas condiciones muchísimo más perversas. En efecto, en los casos de comportamientos y expresiones de género discordantes femeninos -es decir, de adopción de patrones de conducta femeninos-, la sanción social no sólo excluye a la persona de todos los derechos más elementales al estudio, al trabajo, a la salud, a la seguridad personal, a la seguridad social, a la libre circulación, al consumo, etc., sino que además la confina a adoptar y desempeñarse en conformidad con los estereotipos de género femeninos más aberrantes.

Por eso, a las personas transexuales y transgénero femeninas se les “permite” desempeñarse –como única forma de vida- en los campos en los que estereotipadamente podía desempeñarse la mujer en el siglo XIX, a saber, en los oficios de belleza, de costura o como trabajadoras sexuales, ya que las otras “labores propias de su género”, a saber, las de “oficios del hogar” les están prohibidas.

Sería algo así como “si tú te sientes mujer y actúas como tal, entonces ‘debes’ amoldarte al estereotipo de género más intransigente”. Y en el supuesto de los comportamientos y expresiones de género discordantes masculinos la situación puede ligeramente diferente, aunque sólo en matices.

Si todos los casos anteriores los acompañamos con la ausencia de una identidad legal -nombre y sexo-, hallamos un conjunto explosivo. Se crea así una identidad sin patria ni reconocimiento legal; una especie de apátrida condenado a deambular y sobrevivir en las peores condiciones de discriminación y de desprecio social.

Y sin armas para poder actuar legalmente, ni para reclamar una identidad legal coherente con su identidad de género -que le proteja, aunque sea limitadamente, en contra de las exclusiones sociales derivadas de su situación personal- ni para reclamar una protección en contra de la discriminación institucionalizada que se ejerce en su contra.

Es así que en el caso de las expresiones e identidades de género discordantes masculinas, la situación puede plantearse de otra forma, aunque la idea subyacente sigue siendo la misma: la posibilidad de un “engaño institucionalizado.

La sola idea de que una mujer -ser que debería seguir estando subordinado dentro de la estructura heteronormada antes estudiada- pueda acceder a la condición de hombre, por ende, a la condición de ser privilegiado por la naturaleza con el ejercicio del poder androcéntrico, constituye para las fórmulas socio-construidas de supresión-sujeción-control de la diferencia, una situación a suprimir. Y la mejor forma de suprimir este deseo-acción es a través del mismo mecanismo que lleva a la supresión del lesbianismo como potencialidad: la negación pura y simple.

Y como la ley es -por el sistema de retroalimentación entre los sistemas normativos- muchas veces un instrumento de perpetuación de los sistemas normativos religiosos, políticos y sociales atávicos, los y las que no son iguales ante la ley no pueden tener un tratamiento igual ante la ley.

Una lógica implacable que perpetúa tanto el ocultamiento total de la sexodiversidad -de “eso” no se habla en la ley ni hay que regularlo, porque “eso” no existe- como el comportamiento subyacente en la “tolerancia sin igualdad”, que responde al razonamiento -“eso” es algo que hay que regular porque puede pasar, pero no a mi, ni a mi familia, ni a mis amigos, y si bien yo no tengo nada contra “esa gente” no quiero que se mezclen conmigo-, para lo que se establecen sistemas de segregación legal ‘eficientes’ para perpetuar la lógica patriarcal inhumana.

*Abogada. Doctora en Derecho. Profesora de Derecho Civil (UCV-UCAB).

Descargar edición Diario de los Andes en PDF:

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One Response to Algunas reflexiones sobre sexodiversidad

  1. GLORIA COMESAÑA SANTALICES dice:

    Excelente artículo de la Dra Tamara Adrián que explica muy bien la diferencia entre la homofobia y la lesbiofobia, si así puede llamarse. Pone sobre el tapete algo que casi nunca se señala, que es la negación, la invisibilización del lesbianismo. Hace mucha falta que el tema del lesbianismo sea tratado con seriedad, coherencia y profundidad, y en general el tema de la sexodiversidad. De alguna manera la homosexualidad ha ido ocupando todo el espacio de la sexodiferencia, y es como si lo demás no existiera. Incluso, muy lentamente se abre paso una visión positiva de la homosexualidad, se le dedica películas intelectuales que buscan dar una imagen correcta de ella, pero poco se ha hecho en el mismo sentido con el lesbianismo…claro, es “cosa de mujeres” dirán algunos…Por eso el artículo de Tamara Adrián da en el blanco. Repito, muy buena la Página de esta semana.

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