La Paternidad, del dominio al cuido

Una de las intenciones de este artículo es exponer acerca de  símbolos  y mitos de que se nutren los papeles del padre tradicional que conjuntamente formarán nuestra mitología individual y colectiva de la paternidad

Peter Szil *

Muchos de nuestros conceptos se perpetúan incuestionados porque hacemos las cosas como se suele (y, por consiguiente, se debe) hacer. Este proceso se llama tradición. La tradición es como un argumento escrito con tinta invisible, seguido al pie de la letra por los personajes, aunque éstos para nada estén conscientes de la existencia del guión.

La imagen del padre severo, maltratador está íntimamente ligada a la visión del hombre como guerrero, otro mito muy arraigado en nosotros, la identidad de género patriarcal con un concepto de paternidad que en lugar del cuidado se ha identificado con el poder.

Parte de esas imágenes nos han sido inculcadas, otras las creamos nosotros  mismos, pero siempre a base de imágenes ya existentes. Éstas pueden venir indistintamente de los modelos personales que hemos tenido a lo largo de nuestro crecimiento, de leyendas ancestrales y de la publicidad moderna.

Paternidad  en  mitos ancestrales

Para ilustrar el tema de la paternidad como vínculo con el poder me parece emblemático comenzar con una obra de Francisco Goya. Cuando el rey Fernando VII vuelve a España, le encarga a Goya eternizar las hazañas gloriosas de la guerra contra Napoleón.

Goya pinta entonces (2 y 3 de mayo 1808) dos imágenes universales que muestran que en las guerras no hay héroes, sino tan sólo crueldad y víctimas. El cuadro de Goya, titulado “Saturno devorando a su hijo”, ilustra uno de los mitos más ancestrales que rigen nuestro concepto de la paternidad, la historia de Cronos en la mitología griega o de su alter ego romano, Saturno. Como todos los mitos, este también tiene muchas posibles interpretaciones, por ejemplo lo de cómo el tiempo, Cronos, lo devora todo sin piedad.

Nuestra figura central, Cronos/Saturno castró en su día a su propio padre en una revuelta de los hijos que su madre Gea/Gaia (la Madre Tierra, primera de los primeros dioses surgidos después del Caos original) había tenido con su padre. Éste, Urano (el Cielo) era de hecho hijo de Gea también, creado por ella sola, sin intervención de ningún padre.

Urano al expandirse envolvió a su madre, quien se unió con él en varias ocasiones y procrearon a toda una serie de hijos e hijas, monstruosos muchos de ellos. Urano les odiaba precisamente por eso y abusó de su fuerza para arrojarles al fondo de las entrañas de la tierra, o sea les obligaba a permanecer en las entrañas de su madre. Gea amaba a sus hijos tal como eran y los alentaba a rebelarse.

Aunque Cronos/Saturno protagonizó esa rebelión cortándole los genitales a su padre, cuando él sucede a su padre y se le augura que alguno de sus muchos hijos habidos con su esposa-hermana le quitará el poder, decide matarlos, pero no de cualquier manera: los canibaliza, los devora uno por uno. Sólo uno es salvado con engaños de la madre, que lo cambia por una piedra. Cronos/Saturno, ciego como es, no distingue a un hijo de una piedra. (¿Típico caso del padre ausente, ocupado en sus asuntos de poder en el mundo, cuyo contacto con los hijos se restringe a mirarlos de vez en cuando –o ni eso-, y que ni una sola vez los ha palpado, acariciado, tenido en las manos?)

Patriarcado se afianza

 Será ese hijo superviviente, Zeus o Júpiter, el que finalizará la obra de instalar el patriarcado. Una vez adulto destrona a su padre y se instala como dios supremo en el Olimpo.

A lo largo de toda la mitología griega, a veces en el Olimpo, a veces bajando a los mortales, Zeus va raptando y violando a mujeres (diosas o no), y deja hijos e hijas por todas partes, de modo que las relaciones de adhesión para el futuro le queden garantizadas. En los mitos no hay ningún indicio de que se haya preocupado lo más mínimo por alguno de estos hijos, más bien seguía con sus hazañas.

Como Victoria Sau constata en su Diccionario ideológico feminista,  “… con Zeus se afianza el mundo de los padres y las madres quedan relegadas al papel de vasijas vivientes obligadas a recibir el producto masculino, a «cocerlo» en su interior y a dar a luz para que los hombres se queden el fruto de este trabajo.”

Si seguimos trazando la asociación trágica entre paternidad y poder, en lugar de la alianza del padre con el hijo, encontramos un ejemplo culturalmente todavía más cercano a nosotros en el Antiguo Testamento. Es Abraham, quien, porque una autoridad se lo dice, está dispuesto a sacrificar a su hijo. Ha de ser un ángel quien le salve al hijo y no su intuición o su instinto paternal.

Todavía más cerca de nosotros en el tiempo hay imágenes que no sólo nos rodean diariamente, sino que pertenecen a la misma base de nuestra cultura. Estas mismas imágenes que, se supone, representan a un padre que por el bien de la humanidad sacrificó a su hijo, pueden también tener otra lectura (y espero no herir la sensibilidad religiosa de nadie): un hombre adulto, en aras de un proyecto que él tiene en el mundo, sacrifica a su propio hijo, sin consultar a la madre, aunque después tiene que encargarse ella de ser la madre dolorosa al lado de la cruz, llorando, secándole  las heridas,bajándolo de la cruz, esperando tres días a ver si resucita, mientras que el clamor de Jesús en la cruz (“Padre ¿por qué me has abandonado?”) no obtiene ninguna respuesta.

 Padre del cuido

Más que de la religión como tal, estoy hablando de ciertas imágenes que están en la base misma de nuestra imaginación. Y precisamente en la misma religión hay otra imagen, también muy conocida por nosotros y que podría ser el arquetipo del padre cuidador. Aquí tenemos a un padre a quien, aún no siendo el padre biológico, le mueve el cuidado del niño. José, como todos los demás hombres en Belén se entera de que Herodes va a matar a todos los niños primogénitos. Pero él es el único que dice: “dejo mi negocio y todo y nos largamos para  proteger al niño”. En esta imagen José, en un acto de mucha humildad, hace el viaje largo detrás de María y del niño, cumpliendo su cometido de padre protector y cuidador. Curiosamente tenemos culto a Dios, tenemos culto a María, tenemos culto a Jesús, pero no tenemos culto a José.

Los mitos no sólo no están acabados. Están por hacer, por lo menos el mito del varón no abusivo, del padre no devorador de sus hijos, del hombre cuidador. Nunca mejor que ahora citar los versos archicitados de Antonio Machado y leerlos como si fuera por la primera vez: “Caminante, son tus huellas el camino, y nada más/ caminante no hay camino/ se hace camino al andar/ Al andar se hace camino/ y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar/”.

Primero, aunque sólo parcialmente, tenemos que analizar los códigos visuales de lo masculino y de lo femenino. Para reconocer estos códigos no hay nada más clarificador que la iconografía establecida hace ya mucho tiempo para la mitología de nuestros días: la publicidad, que es profundamente sexista.

 *Psicoanalista. Masculiniad y Paternidad: Del poder al cuidado

 NOTA: Es un extracto-adaptación para su publicación en Palabra de Mujer.

 Descargar edición impresa digitalizada Diario de los Andes

 

 

 

 

 

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3 respuestas a La Paternidad, del dominio al cuido

  1. Gloria Comesaña Santalices dice:

    EXCELENTE, EXCELENTE, EXCELENTE, PALABRA DE MUJER DE HOY.

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